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El trastorno bipolar: de la dificultad en la maduración emocional a la enfermedad

Es complicado realizar el diagnóstico preciso de esta enfermedad, ya que los síntomas oscilan entre la euforia y la depresión.



Frecuentemente utilizamos de forma inexacta el término bipolaridad para describir los altibajos en nuestro estado de ánimo, muchas veces reactivos a los acontecimientos vitales que nos alegran o que nos afectan negativamente. Utilizamos esta palabra para definir las situaciones cambiantes que se suceden y que son, en la mayoría de los casos, totalmente normales. Aunque pueda desconcertar un poco a los que conviven con nosotros, los seres humanos tendemos a expresar cambios de humor; a veces estamos alegres y otras veces tristes como respuesta a los que nos pasa, pero también a lo que no ha pasado pero nos preocupa o nos ilusiona e incluso porque nos hemos levantado con el pie izquierdo.


Sobre el cerebro humano


Desde el nacimiento, el ser humano establece toda una serie de conexiones cerebrales que van a dar lugar al desarrollo de nuestras capacidades hasta niveles imposibles de alcanzar para el resto de los animales. Si nos comparamos con ellos, los humanos nacemos mucho más desvalidos y somos dependientes de nuestros cuidadores durante muchísimo más tiempo. Un potro o un ternero se pone de pie al poco rato del parto y pueden caminar y seguir a sus madres y pedir mamar desde los primeros momentos de su vida. Las tortugas marinas que salen del huevo en la playa se dirigen al mar y empiezan a nadar desde el primer momento.


En cambio, los bebés son totalmente dependientes de las madres y tardamos meses en ser capaces de ponernos de pie, gateamos primero y andamos torpemente hasta conseguir después andar, correr o cosas más espectaculares como bailar sobre puntas en el caso del ballet o correr controlando un balón como se hace el el futbol. Se considera que ese largo periodo en el que somos dependientes lo dedicamos casi en exclusiva a desarrollar nuestro cerebro. Hay un experimento clásico en el que un científico crió a su hijo junto a un chimpancé. En los primeros años el monito era mucho más hábil que el bebé, pero las capacidades del primate se estancaron rápidamente y el niño fue desarrollando cosas imposibles para el animal como hablar, escribir, utilizar herramientas complejas o el pensamiento abstracto, la geometría o la música.


Las interacciones con nuestro medio y con los demás producen, en primera instancia, unas sensaciones (lo que percibimos por los sentidos) que se van a transformar en emociones (la ordenación del sentimiento en una determinada dirección: enfado, alegría, tristeza, aburrimiento, miedo...) que tenemos que volver a filtrar con nuestras capacidades racionales para que se ajusten a niveles que sean adecuados y faciliten la relación con los demás por su intensidad y su coherencia. Es entonces cuando lo que expresamos se puede entender. Nos entendemos nosotros y nos entienden.


La rabieta de un niño o una explosión de ira en un adulto por un asunto banal serían ejemplos de formas inmaduras de comportamiento. La tarea de controlar nuestras emociones hasta conseguir que sean lo más ajustadas posible a nuestras necesidades de convivencia es el objetivo principal de la inteligencia emocional.


Pero hay situaciones en las que lo que sentimos no se puede controlar hasta niveles en las que suponen una verdadera enfermedad. Cuando lo que sentimos nos desborda y se llega a perder contacto con la realidad es cuando esos mecanismos racionales fracasan. La tristeza inexplicable del depresivo a pesar de que las cosas no vayan objetivamente mal o el miedo disparado en una fobia ante situaciones que a los demás no les provocan lo mismo, necesitan ser identificadas y tratadas como problemas de salud mental.


¿Qué es el Trastorno Bipolar?


Entre los trastornos del estado de ánimo destaca por su complejidad el trastorno bipolar. Se define clínicamente por el haber padecido, como mínimo, un episodio de depresión y un episodio de exaltación del estado de ánimo que llamamos manía (o hipomanía si tiene una intensidad más moderada) a lo largo de la vida. Esos episodios son intensos, marcados y se pueden intercalar con periodos de estado de ánimo estables (se llama eutimia al estado de ánimo equilibrado).



Síntomas del Trastorno Bipolar


En la fase depresiva se reproducen los síntomas habituales de tristeza, falta de energía, pensamientos de ruina y desesperanza.


En la fase maníaca aparece una sensación de omnipotencia, de energía, que da lugar a reacciones impulsivas y descontroladas que pueden redundar en compras compulsivas, proyectos disparatados, hipersexualidad, locuacidad, dormir poquísimo pero levantándose fresco como una lechuga... Si no se medican pueden prolongarse durante unas semanas dando lugar a graves consecuencias por los comportamientos disparados. También es característica la falta de conciencia respecto a las cosas raras que se están haciendo. Suele necesitarse incluso un ingreso hospitalario para controlar esa falta de juicio crítico hasta que la medicación hace efecto.


Las dificultades en el diagnóstico


La complicación principal es que, durante las fases maníacas o hipomaníacas, el paciente no se siente mal. Al contrario, se siente fantásticamente bien. No percibe las consecuencias de sus actos y rechaza la crítica y la ayuda.


En esto está también la dificultad para el diagnóstico. Si en una persona predominan las fases depresivas acude al médico o al psicólogo y, frecuentemente, es etiquetado como depresivo y tratado como tal, pero cuando está maníaco no va a la consulta. Y solo es cuando se detecta esa crisis expansiva cuando se ajusta el diagnóstico y el tratamiento.



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